No dejo de pensar que con estas hagiografías de actrices varias puedo acabar como Terenci Moix -en cutre, por supuesto- a la mínima que me deje llevar. Sal Mineo y los péplums italianos de Steve Reeves y compañía parecen una línea roja, pero por ahí anda la cosa. Todo esto a colación de la Garbo, claro. No deja de ser curioso que, de todas las divísimas de la época, sea de la que menos se habla por valores puramente cinematográficos. Se podría explicar por su pronto retiro (si nos paramos a pensar en las películas con más pedigrí en la actualidad de las divas de los 30, suelen ser las de sus correspondientes resurrecciones en los 50, como Bette Davis con Eva al desnudo, o Joan Crawford con Johnny Guitar. Y es que muchas veces parece que para el mundillo cinematográfico mainstream todo empieza en 1938-39). Pero bueno, ni siquiera en círculos cinematográficos algo más guays hay una especial veneración por su filmografía, ni siquiera del período mudo. No que sus películas no merezcan atención alguna, pero que esa atención es infinitamente menor a la prestada a la Garbo como icono místico-andrógino. Greta Lovisa Gustafsson nació en Estocolmo en 1905. Su Sternberg particular, cuanto menos en lo referente a su imagen, fue Mauritz Stiller. De su mano, y especialmente del gran G.W. Pabst, que la dirigió en Bajo la máscara del placer, la Garbo ya era una estrella de primer nivel a mediados de los años 20. La regresión que provocó el cine sonoro, aparte de empobrecer un lenguaje cinematográfico que había encontrado formas mucho más sutiles para expresarse hasta entonces sin mayores problemas, fue el fortalecimiento de la supremacía del cine americano. Con el mudo el lenguaje era más o menos universal -al menos en occidente- y eso provocaba que cinematografías como la alemana o la sueca fueran extremadamente competitivas. Con la llegada del sonido el idioma se convirtió en una importante barrera y Estados Unidos tenía el mayor mercado interno. De la mano de su mentor Stiller, la Garbo comenzó a trabajar para la Metro, en la que, defenestrado Stiller poco después, triunfó con la combinación de Clarence Brown tras las cámaras y de John Gilbert como galán. El paso al sonido con la poco glamourosa Anna Christie fue un gran éxito, a pesar de la voz tirando a grave de la Garbo y el acentazo (bastante menor que el de la Dietrich, todo hay que decirlo). De la película no sé más de lo comentado en un documental sobre el Hollywood pre-código Hays que pasaron en TCM (muy recomendable), pero desde luego, su papel de prostituta en un entorno vulgar y escasamente exótico como el portuario era una buena manera de desencasillarla y de que su debut sonoro no se arriesgara a caer en el ridículo puesto que con una actriz de fisonomía tan particular como la suya, en la que no parece haber marcas de expresión, y una voz no especialmente dinámica, un dramón pasado de rosca posiblemente no le habría dado gran cosa que hacer que no hiciese ya en sus filmes mudos. Luego vino la fase de rivalidad con la Dietrich, fotocopiándose tramas (Mata Hari-Fatalidad; y seguro que la coincidencia entre La reina Cristina de Suecia y Capricho Imperial, ésta sobre Catalina de Rusia, no fue casual). Decir que el estilo de los melodramas de la Garbo era bastante menos recargado, y quizás por ello salió bastante mejor parada que la alemana en la segunda mitad de la década. No fue ese el caso de Gilbert, que no acabó de adaptarse al cine sonoro y su carrera no fue más allá de La Reina Cristina de Suecia. Por entonces, el ritmo de su carrera comenzó a decrecer, cansada quizás de hacer todos los melodramas imaginables. En 1939 salió Ninotchka de Lubitsch, la película de la que más fácilmente tiramos para asociar a la Garbo (Garbo laughs!) y que a mí no termina de convencerme del todo como película en parte por ella, y es que como mujer pluscuamperfecta y paradigma de la racionalidad más allá de lo razonable me parece mucho más acertada la labor de Jean Arthur en Berlín Occidente, que el aquí guionista Billy Wilder realizó en 1948. De todas formas Garbo pasó la reválida de la comedia bastante mejor que la Dietrich, con el éxito que supuso este filme. Sólo haría una película más, la comedia La mujer de dos caras, de Cukor, que según parece fue un fracaso de público. La Garbo no se reinventó como la Dietrich, sino que acabó de retirarse de la vida pública, que no frecuentaba con especial entusiasmo en primera instancia. Y a partir de aquí el mito, sin necesidad de llegar a su muerte en 1990. Concedamos que la Garbo era la que más clase tenía de lejos frente ante toda la pléyade de vampiresas, e incluso la Dietrich, gracias a una imagen muy cuidada y unas facciones muy características, independientemente de que le resulten a uno mas o menos atractivas. Ofrece una imagen tan estilizada que cuesta considerarla una mera mortal viendo sus retratos. Sigo en comentarios.
On February 10 2008
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